El Mapa del Olvido

14 de abril de 2012

BEGOÑA URROZ IBARROLA (San Sebastián, Guipúzcoa, España)

Filed under: 1960, Guipúzcoa, Junio, San Sebastián, Sin esclarecer — Fer Altuna Urcelay @ 18:48

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El 28 de junio de 1960 fallece en la clínica del Perpetuo Socorro la niña BEGOÑA URROZ IBARROLA a consecuencia de las graves quemaduras en las piernas, los brazos y la cara que le provocó la bomba incendiaria colocada en uno de los armarios de la consigna en la estación de Amara, en San Sebastián. El artefacto estalló a las 19:10 horas del día anterior, 27 de junio de 1960. Begoña, de apenas veintidós meses, era la primogénita de un matrimonio residente en Lasarte: Juan Urroz y Jesusa Ibarrola. El padre, fallecido hace pocos años, era un hombre de caserío, un vasco-navarro que sólo hablaba euskera y estaba empleado en la fábrica de electrodomésticos Moulinex.
La bomba causó, además, heridas a otras seis personas: Valeriano Bakaikoa Azurmendi, de 15 años, estudiante que regresaba a San Sebastián tras pasar unos días de vacaciones con unos familiares de Rentería; la encargada de la consigna, Soledad Arruti, de 60, tía de Jesusa, con la que había dejado a Begoña mientras iba a comprarle unos zapatos; Pascual Ibáñez Martín, de 29 años; Francisco Sánchez Bravo, de 42, y María García Moras, de 49. “Una tía mía, Soledad Arruti Etxegoyen, trabajaba en la consigna de la estación de Amara, en San Sebastián. Yo solía ir a ayudarla para ganarme unas pesetillas. Aquel día dejé a mi niña con ella mientras yo iba a un comercio cercano a comprarle unos zapatitos para ir a Navarra. Cuando volví, había un lío tremendo. ¡Había estallado una bomba! Mi hija estaba abrasada y otras personas, entre ellas mi tía, heridas. Fue horrible” contó Jesusa a El País (31/01/2010), ya con 83 años, pero sin poder reprimir el llanto por el recuerdo de su hija. 
El 29 de junio se celebró en Lasarte el funeral por la niña, en el que estuvieron presentes el gobernador civil, José María del Moral, el general gobernador militar de la provincia, el teniente coronel jefe de la 143 Comandancia de la Guardia Civil, autoridades locales y prácticamente todo el pueblo, en un ambiente de gran emoción. Un día después, el 30 de junio, José María del Moral recibió a Emeterio Ríos Gómez, mozo del servicio exterior de la estación de Amara, para felicitarle por el riesgo que corrió para rescatar a Begoña de las llamas, aunque finalmente su acción no sirvió para salvar la vida de la niña.

La autoría de este atentado fue polémica desde el principio, y sigue siéndolo. Si al principio se atribuyó, sin ninguna prueba fehaciente, al Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) o, incluso, a la propia Policía franquista, desde la década de los noventa se fue afianzando la tesis de la autoría etarra. Para intentar encuadrar esta autoría, hay que hacer una breve referencia histórica sobre el momento en el que se iniciaron las acciones violentas de la banda, puesto que estamos hablando del primer atentado que provocó una víctima mortal, adelantando en ocho años el bautismo de sangre de la banda que, durante muchos años, se situó el 7 de junio de 1968, con el asesinato del guardia civil José Pardines Arcay.
El paso a la violencia por parte de la banda terrorista ETA se produjo, según Florencio Domínguez, aproximadamente un año después de su fundación. Esta, a su vez, tuvo lugar en las navidades de 1958, como grupo disidente de las juventudes del Partido Nacionalista Vasco (PNV), grupo decepcionado por la pasividad de estos ante el franquismo. Hay que destacar que la ruptura con el PNV fue, sorprendentemente, poco traumática, por no decir amistosa. Este grupo disidente del PNV se organizó en varias ramas. Una de ellas era la “rama de acción”, que enseguida pasó a ejercer la violencia. En diciembre de 1959 los terroristas colocaron sus tres primeras bombas contra objetivos simbólicos en Vitoria, Bilbao y Santander. Como veremos más adelante, uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga, retrotrae varios años la decisión de pasar a la acción. Unos meses después de esas primeras bombas, se suceden una serie de atentados con explosiones en instalaciones ferroviarias entre los días 27 y 29 de junio de 1960. En San Sebastián, además del artefacto que mató a Begoña Urroz, estalló otro en la estación del Norte.
Todos los atentados de aquellos días, incluido el que acabó con la vida de Begoña, fueron atribuidos al grupo anarquista Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación (DRIL) por la agencia United Press Internacional. Curiosamente, la Oficina Prensa Euzkadi (OPE) del Gobierno vasco en el exilio, en su nº 3.189 de 1 de julio de 1960, comenta que “es difícil pronunciarse sobre su autenticidad”, en relación a la autoría del DRIL, organización, por otra parte, de existencia confusa y difusa. La Policía y el Ministerio de Gobernación, atribuyeron en ese momento el atentado, de forma muy genérica, a “elementos extranjeros en cooperación con separatistas y comunistas españoles”. Y el PNV lo achacó, directamente, a la propia Policía franquista.
ETA nunca asumió, al menos públicamente, la autoría de la colocación de la bomba en la estación de Amara. Pero que ETA no asuma públicamente un atentado no es garantía de nada. Los expertos que han estudiado el terrorismo de ETA, y así lo hemos puesto de manifiesto a lo largo de estos meses, han documentado muchos casos de asesinatos y atentados que la banda no ha reivindicado, bien porque eran crímenes tan espantosos que ni siquiera una banda asesina era capaz de asumir, bien porque se habían equivocado en el objetivo, bien porque reconocerlo podía tener un coste social que menoscabaría el “prestigio” que, desgraciadamente, ha tenido ETA en amplísimos sectores del País Vasco, y fuera de él. Normalmente, en esos casos la banda asesina (y sectores próximos a ella) ha intentado desviar la atención culpando a otros grupos de extrema derecha, policiales, parapoliciales, nacionales o internacionales.
Uno de los primeros indicios de que la bomba en la estación de Amara la había colocado la banda terrorista ETA se produjo a raíz de la detención de su cúpula en Bidart, el 29 de marzo de 1992. En el ordenador del jefe del Aparato Político, José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis, aparece una cronología de hechos relevantes y un listado de acciones que incluye la bomba de la estación de Amara, aunque hay que puntualizar dos cosas: una, que sitúa esa explosión en diciembre de 1959, un error evidente, y otra que no dice expresamente que haya sido la propia banda la autora del atentado. Simplemente aparece citado el atentado entre un listado de hechos relevantes en relación con la banda terrorista.
El primero en afirmar de forma expresa que la primera víctima de ETA habría sido Begoña Urroz fue el vicario general de San Sebastián, José Antonio Pagola (Una ética para la paz. Los obispos del País Vasco 1968-1992, Idatz, 1992). Ernest Lluch, exministro y catedrático de la Universidad de Barcelona, siguió esta pista y llegó a la misma conclusión que Pagola tres meses antes de ser asesinado por la banda. En un artículo publicado en El Correo el 19 de septiembre de 2000, Ernest Lluch escribía: “No hemos encontrado ni en Lazkao ni en publicaciones que ETA se atribuyera la colocación de bombas en 1960. El esperable resultado de una muerte especialmente repugnante debió conducir a una discreción absoluta. La fuente en que se basó el vicario general Pagola era impecable y a partir de ella he podido obtener informaciones comprobatorias y adicionales. La familia recibió versión oficial de la autoría de ETA y en su entorno vecinal no hay duda de ello. Los detalles son estremecedores y absolutamente previsibles para quien utiliza material incendiario. Una muerte terrible”.
Sin embargo, recientemente Iñaki Egaña ha vuelto a abrir la polémica, intentando desvincular a la banda terrorista ETA del asesinato de Begoña en el diario proetarra y ultranacionalista Gara(12/02/2010), en lo que es una descarada campaña de lavado de cara, de “blanqueamiento de los sepulcros de ETA”. Que el bautismo de sangre de una sanguinaria banda fuese el asesinato de un bebé de veintidós meses es algo muy poco heroico, y parece ser que, en algunos sectores, molesta especialmente que se atribuya a ETA la muerte de Begoña Urroz. El que moleste sólo puede ser, evidentemente, por el carácter simbólico que tiene ese primer asesinato, porque después de Begoña la banda ha asesinado a muchos niños y ha atentado en muchas ocasiones sabiendo positivamente que podían morir niños.
Una de las líneas argumentales que utiliza Egaña es presentar a los miembros de la banda en esa época como a un grupo de inocentes novatos, incapaces técnica y materialmente de cometer atentados. Afirma, además, con una total falta de rigor histórico, que en aquella época la banda sólo tenía dos militantes (“Los activistas de ETA en el tiempo de las explosiones del DRIL eran dos: Juan José Etxabe y Jon Ozaeta”, dice Egaña), que fueron detenidos en septiembre y que, para más inri, desconocían cómo poner bombas.
Siguiendo esta línea argumental, el autor afirma rotundamente que ETA puso su primera bomba el 15 de febrero de 1964. Pues bien: esa afirmación tan rotunda es mentira. Es precisamente uno de los fundadores de ETA, Julen Madariaga, quien pone en evidencia la falsedad de ese dato aportado por Egaña. En una entrevista concedida a La Vanguardia el 28 de diciembre de 1989, Madariaga hace un balance de los, por entonces, treinta años de historia de ETA, y dice: “Estos seis lustros no se podrían entender ni explicar sin los 6 ó 7 años de introducción bajo el apelativo EKI. La decisión histórica de no circunscribirnos a una actividad puramente política y cultural es también de esa época [nótese que se está poniendo en 1952-1953 para fijar el momento en el que se decide pasar a la acción]. Hacia 1957 se tomaron las primeras medidas conducentes a la acción directa. Las primeras pintadas y las primeras ikurriñas surgen en el 58. A finales de éste y principios del 59, si no recuerdo mal, comienzan los primeros ataques a monumentos del invasor y se pega fuego a algunos de sus más representativos centros. Las primeras cargas explosivas estallan asimismo en el transcurso de 1959“. Es decir, uno de los fundadores de la banda adelanta cinco años el momento en que ETA pone las primeras bombas.
Respecto a la falta de medios humanos, habría que recordarle a Iñaki Egaña que, tras el intento de masacre de unos excombatientes nacionales en la estación de Amara el 18 de julio de 1961, fueron detenidos y encarcelados más de un centenar de miembros de la banda. ¿Cómo explica Egaña que entre septiembre de 1960 y agosto de 1961 ETA pasara de tener cero militantes [los dos con los que contaba la banda en esa época fueron, según este autor, detenidos en septiembre] a controlar más de 200 personas entre los detenidos y las decenas de exiliados que se produjeron a raíz de aquel intento criminal? Por otra parte, todos los estudiosos de ETA cifran el nacimiento de la banda por la escisión de un grupo de jóvenes desencantados con “sus mayores”, el PNV. Nadie habla de una escisión de dos personas, sino de un grupo. El argumento de la falta de medios humanos se cae por su propio peso.
En cuanto a su capacidad de actuación, puesta también en duda por Egaña, tenemos el testimonio de Anthony Cave Brown en su libro Wild Bill Donovan: The last hero (citado por José Díaz Herrera en Los mitos del nacionalismo vasco) donde nos cuenta cómo espías de los servicios secretos vascos, que habían trabajado activamente para el OSS y su sucesora, la CIA, en numerosas operaciones de cloacas, entrenaron militarmente a los primeros miembros de ETA en los años sesenta. Por tanto, no puede sostenerse, como hace Iñaki Egaña, que fueran poco menos que unos pardillos incapaces de cometer atentados.
Además, y como señala Ernest Lluch en el artículo citado en relación a esos inicios de la banda asesina: “Cierto es que desde el mismo momento inicial, el día de San Ignacio de 1959, todos los estudiosos indican que la sexta rama de ETA tenía como responsabilidad emprender ‘acciones militares’. Uno de ellos, Francisco Letamendia, añade ‘aunque su actividad en los primeros años es bastante parca’. Ser parca no es ser nula por lo que deja el rastro de que algo pasó inmediatamente. El texto anónimo De Santoña, 1937, a Burgos, 1970, que se considera autoridad sobre la primera etapa violenta de ETA, no da prácticamente pista alguna [sobre el atentado en Amara] aunque afirma que desde el mismo 1960, retengan la fecha, ‘miembros destacados de la primera ETA pasaron a residir permanentemente en Euskadi Norte’” (El Correo, 19/09/2000). Es decir: ya desde muy pronto los integrantes de la banda (“miembros destacados de la misma”) cruzaron la frontera, y no precisamente para hacer turismo en el sur de Francia.
Finalmente, la última línea de defensa que utiliza Egaña es el reconocimiento que en 1977 hizo José Fernández Vázquez (alias Jorge Soutomaior), perteneciente al DRIL, de su responsabilidad en la muerte de Begoña Urroz. Es indudable que el bárbaro asesinato de la niña se produjo en el curso de una campaña indiscriminada de bombas que se centró en tres puntos: Madrid, Barcelona y San Sebastián (la bomba que explotó en la estación de Achuri de Bilbao era una maleta remitida desde la capital guipuzcoana). Sobre la responsabilidad del DRIL en la misma, la mejor pista sobre lo que pudo ocurrir la tenemos en el libro de un conocido autor antifranquista, Eliseo Bayo. En Los atentados contra Franco (Plaza y Janés, 1977) narra con todo lujo de detalles el intento de asesinar a Franco por parte de un grupo de anarquistas en el mes de agosto de 1962, mediante una bomba enterrada en una carretera que debía explotar al paso de su vehículo. Según Eliseo Bayo, que por razones obvias (escribe en 1976) oculta los nombres de los implicados, para actuar en el territorio vasco el grupo anarquista contactó con ETA. Inicialmente, en dichos contactos no se le explicaría a la banda el objetivo del atentado, llegando al acuerdo de que ésta realizaría el traslado de los 25 kilos de explosivo plástico, así como del resto de material necesario. El acuerdo también incluía la colaboración, por parte de ETA, en la protección del grupo que iba a realizar el magnicidio. De este modo, la banda terrorista realizaría el traslado de ese material mediante uno de los barcos de la flotilla con la que contaba ETA para eludir los controles fronterizos. Eliseo Bayo ofrece, además, una pista muy importante que apuntaría a que los terroristas sabinianos tuvieron un papel más importante del que inicialmente se les había adjudicado, cuando más adelanteutiliza el significativo término de “comando conjunto” para definir al grupo que iba a realizar el atentado. Todos los datos del relato de Bayo apuntan, por lo tanto, a que la entonces novata, pero ya de por sí peligrosa ETA, colaboró en la campaña criminal del DRIL, ya sea como mano de obra u ofreciendo el apoyo informativo, logístico y de protección a los autores. Y es que resulta poco menos que impensable que el DRIL, que nace de un núcleo importante de nacionalistas gallegos, actuara en “territorio de la hermana nación vasca” sin, como mínimo, consultar con el grupo terrorista que actuaba allí. Ni en 1962 ni en 1960. Por lo tanto es normal que Soutomaiorreconociera estar involucrado en unos hechos en los cuales había participado, muy posiblemente, en su planificación. Sobre esta colaboración de ETA con el DRIL, o viceversa, que señala Eliseo Bayo, cabe hacer un apunte, y es que no deja de ser sorprendente que un grupo que entonces se proclamaba sabiniano puro, sin ningún tipo de barniz o adjetivo, con lo que eso supone depensamiento arcaico, reaccionario, racista y xenófobo, obtuviera con tanta facilidad la simpatía de personas de izquierdas y anarquistas, cuyos principios teóricos estaban en las antípodas del discurso de la ETA sabiniana.
Pero lo fundamental para desechar las tesis de Egaña es que los datos que aporta para exculpar a ETA del atentado en la estación de Amara no son ciertos, como queda claro por las declaraciones de Julen Madariaga en La Vanguardia, y por las fechas en la que todos los estudiosos del terrorismo etarra datan el inicio de la actividad violenta de la banda. Además, hay que sumar las fuentes que consultaron Pagola y el propio Ernest Lluch. Si el diario Gara, a través de Iñaki Egaña, pretende lavar la cara de ETA, al menos debería hacerlo con un poco más de rigor histórico, no utilizando argumentos falsos como que el primer artefacto explosivo que colocó la banda fue el 15 de febrero de 1964.
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