El Mapa del Olvido

14 de abril de 2012

FRANCISCO MARTÍN GONZÁLEZ (San Sebastián, Guipúzcoa, España)

http://g.co/maps/2aae7

El 27 de junio de 1978 la banda terrorista ETA asesina a tiros en el barrio de Bidebieta de San Sebastián al sargento de la Policía Armada FRANCISCO MARTÍN GONZÁLEZ.
Ese día, el sargento Martín González y otros tres agentes del cuerpo se encontraban prestando un servicio de vigilancia en una urbanización de San Sebastián. El todoterreno en el que viajaban estaba parado en el paseo de Los Olmos, donde iban a proceder a hacer un relevo de las patrullas que recorrían las calles de San Sebastián. Uno de los agentes se encontraba en el exterior del vehículo cuando se acercó un taxi de color blanco del que se apeó un terrorista que ametralló a los miembros de la patrulla. El sargento resultó muerto en el acto, mientras que sus tres compañeros –José Frado CarroFrancisco Sánchez Arcos y José Gutiérrez Díaz– resultaron heridos de gravedad. En el lugar del atentado se encontraron numerosos casquillos del calibre 9 milímetros parabellum marca Geco.
Un testigo presencial, recién licenciado en Medicina, ha contado a Libertad Digital lo que vivió ese día. Aunque han pasado más de treinta años, prefiere mantenerse en el anonimato. Este es su testimonio: “Era el 27 de junio de 1978. Yo acababa de terminar la carrera de medicina al mismo tiempo que cumplía mi servicio militar. El curso había terminado y estaba con mi mujer comiendo en casa de mis suegros, en el Parque de Bidebieta en San Sebastián. En la sobremesa oímos un tableteo de arma automática. Mi suegro dijo que eran fuegos artificiales pero yo sabía que era un arma de fuego. Bajé a la calle entre los gritos de mi mujer ‘¡No bajes!, ¡No bajes por Dios!’. Al llegar al portal vi el Land Rover rodeado de varios policías caídos. Me acerqué sin reflexionar, no había nadie ni a derecha ni izquierda, tenía la boca seca y temía que volviesen a disparar. Uno de los policías estaba sentado en la acera, sangraba tremendamente de una herida en la sien. Una arteria sangraba a golpes. Estaba vivo y me dijo que estaba bien. Le enseñé a ponerse un dedo apretando la arteria y la sangre empezó a pararse. Otro policía estaba tumbado en el suelo, tenía los pies apoyados en la escalerilla de atrás del furgón. Estaba vivo y me dijo si podía bajarle los pies de la escalera. No sentía las piernas. Estaba parapléjico y tenía, entre otros, un tiro en el abdomen en la parte derecha a la altura del hígado. Estaba chocado, blanco como el papel. Le tomé el pulso, que estaba en taquicardia muy elevada. ‘Se muere’, pensé… ‘¡Ánimo!’, le dije, ‘enseguida vienen a llevarte’. ‘¿Me voy a morir?’ … ‘no, no…’ El sargento estaba sentado en el sitio del copiloto con la cabeza caída hacia atrás. Estaba muerto. No veía un sangrado claro, pero al intentar mover la cabeza tenía sangre en la nuca. El tiro había entrado por el lado del conductor matándolo en el acto… Seguía sin venir nadie y me parecía que había pasado una hora. Descolgué el micro de la radio del coche y presioné un botón… ‘¡Oiga, oiga! ¿Me oyen?..’ Alguien me contestó y ni me acuerdo lo que dije… Empezó a llegar gente, intenté organizar el traslado del agente herido. Alguien trajo una puerta y, a modo de camilla, lo montamos y lo subimos al coche de un solícito vecino de la urbanización. ‘¡Rápido, rápido!’ decía yo… Llegaron tres coches de la Policía a toda velocidad. Uno de los policías, en plena crisis, sacó la porra y se vino como a golpearnos. Sus compañeros le tranquilizaron… Les conté lo sucedido… y el sargento está muerto… ‘¡Han matado al sargento González!’, gritó uno… otro guardia se puso a llorar desconsolado. Todos estaban muy afectados. Como todo estaba controlado, solté el mando de la situación y, de repente, me bajó la adrenalina y casi sin poder andar me volví a casa… Tardé muchos días en recuperarme porque las imágenes de la sangre y el dolor de sus compañeros no me abandonaban. Tenía entonces 24 años. Jamás lo olvidaré“.
Los restos mortales de Francisco Martín fueron trasladados al día siguiente, 28 de junio, a Madrid, y la capilla ardiente se instaló en la Academia de la Policía Armada de Canillas. Esa misma mañana tuvo lugar el funeral sin que se registrase ningún incidente. Al mismo asistieron el subsecretario de Orden Público, Julio Camuñas; el director general de Seguridad, Mariano Nicolás; el general inspector de la Policía Armada, Timón de Lara, y numerosos jefes, oficiales, policías y alumnos del citado cuerpo. No asistió ningún miembro del Gobierno, que a esa hora se encontraba reunido en Consejo de Ministros extraordinario.
Unas horas después, hacia la una y veinte de la madrugada, otro grupo de la banda terrorista abrió fuego contra miembros de la Policía que habían montado un control de carretera para intentar capturar a los autores de la muerte de Francisco Martín. Los disparos fueron hechos a bastante distancia desde un monte cercano a la capital donostiarra, y obligó a los agentes a tirarse al suelo para protegerse del ataque. Horas después, cuando amaneció, se procedió a inspeccionar la zona. Cerca del lugar desde el que se realizaron los disparos se encontraron tres paquetes que contenían respectivamente un kilo de goma-2 cada uno adosados a una cantidad importante de metralla. Los artefactos explosivos estaban preparados para ser lanzados directamente, a modo de bomba de mano. La banda terrorista ETA pretendía tender una emboscada a las Fuerzas de Seguridad y los disparos tenían el objetivo de que los policías se acercasen al lugar.
En 1981 la Audiencia Nacional condenó a Miguel Sarasqueta Zubiarrementeria, miembro del grupo Donosti de ETA, a 30 años de prisión mayor por el asesinato del sargento Martín González. En la misma sentencia se condenó a José Manuel Olaizola Eizaguirre a 17 años de prisión en concepto de cómplice del asesinato. Dos años después, en 1983, se condenó a José Cruz Eizaguirre Mariscal a 30 años, también como autor material.
Francisco Martín González tenía 32 años, era natural de Ávila y estaba casadocon Cristina Domínguez. Había sido destinado a San Sebastián un mes antes de su asesinato, por lo que su residencia seguía estando en Madrid, donde vivía su mujer y donde fue enterrado. Cristina contó que tras el asesinato se sintió muy sola, y sólo contó con la ayuda de los compañeros de su marido para hacer las gestiones que le permitiesen cobrar una pensión. “Del Gobierno nunca tuve una palabra, hubo algún político el día del funeral, pero después nada, ni una llamada” (La Fuerza de la Razón, nº 27 revista de la AVT).
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