El Mapa del Olvido

21 de abril de 2012

ALFONSO ESTEVAS-GILMAIN MUÑOZ (Fuenterrabía, Guipúzcoa, España)

Filed under: 1978, Agosto, Fuenterrabía, Guipúzcoa, Sin esclarecer — Fer Altuna Urcelay @ 14:30

http://g.co/maps/ycuq4

A las nueve y media de la noche del lunes 28 de agosto de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en Fuenterrabía (Guipúzcoa) al jefe del Servicio de Información de la comisaría de Irún, el inspector de Policía ALFONSO ESTEVAS-GILMAIN MUÑOZ, cuando se disponía a aparcar su coche cerca del edificio Miramar de Fuenterrabía, junto al Bidasoa, donde tenía su domicilio. Los terroristas, que utilizaron un Seat de color blanco para huir, dispararon dos ráfagas de metralleta, desde un lateral del vehículo y desde la parte trasera, provocándole la muerte en el acto. Su mujer y uno de sus tres hijos, que llegaban en ese momento a casa, fueron testigos del asesinato. En el lugar de los hechos se recogieron diecinueve casquillos del calibre 9 milímetros parabellum.
El 30 de agosto ETA-pm reivindicó el asesinato del inspector Alfonso Estevas-Gilmain en un largo comunicado de cuatro folios enviado a los diarios Egin y Deia en el que se vertían diversas acusaciones. La banda terrorista justificó su asesinato acusando a la víctima de estar relacionada con el atentado sufrido en el sur de Francia por el exdirigente de ETA Juan José Etxabe, dato desmentido por la familia en otro comunicado enviado por su viuda el 6 de septiembre. El atentado contra Etxabe también se utilizó como justificación para asesinar a Tomás Sulibarria Goitia, contra el que habían atentado el 30 de agosto de 1978, dos días después de asesinar a Alfonso Estevas-Gilmain, sin conseguir acabar con su vida, y al que asesinaron finalmente dos años después, el 3 de junio de 1980. Tras el primer intento de asesinarlo, el 30 de agosto de 1978, la banda terrorista ETA emitió un comunicado responsabilizándose del atentado contra Sulibarria, en el que le acusaba de “haber traicionado a la organización” y ser miembro a sueldo de los Servicios de Seguridad españoles desde que había sido detenido por un breve espacio de tiempo tres años antes, en 1975. La versión de la banda fue que Sulibarria huyó a Francia en mayo de 1978 con la intención de “introducirse entre los refugiados para llegar a tener acceso a aquellos a quienes el Gobierno atribuye una mayor influencia política”. Fruto de esa actividad y “en colaboración con su enlace de los servicios de seguridad españoles”, continuaba el comunicado de la banda, Sulibarria preparó el atentado en San Juan de Luz contra el exdirigente de ETA Juan José Etxabe y su mujer en julio de 1978.
Alfonso Estevas-Gilmain Muñoz, de 41 años, era natural de Madrid, aunque residía en Fuenterrabía desde que tenía 18 años. Estaba casado y tenía tres hijos varones de 12, 11 y 6 años de edad. Estaba destinado en Irún, donde llevaba doce años, dos de ellos como jefe del Servicio de Información del Cuerpo General de Policía. Además, él y su mujer regentaban el Hostal Álvarez Quintero en Fuenterrabía. Alfonso era una persona muy conocida en la localidad en la que vivía, donde había empezado a estudiar euskera, además de la carrera de Derecho. Unas trescientas personas asistieron a su funeral en la capilla de la Policía Armada en Irún, presidido por la viuda, el padre y sus hijos, al que asistió el gobernador civil de Guipúzcoa, Antonio Oyarzabal. El lugar del funeral fue elegido por la familia de la víctima, que expresó el deseo de que tuviera carácter privado, por lo que no se permitió la entrada de fotógrafos y redactores de los medios de comunicación. La mayoría de los asistentes eran miembros del Cuerpo General de Policía y de la Guardia Civil. Posteriormente sus restos mortales fueron trasladados a Madrid, su ciudad natal, donde fue enterrado por expreso deseo de sus familiares.
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AURELIO SALGUEIRO LÓPEZ (Mondragón, Guipúzcoa, España)

Filed under: 1978, Agosto, Guipúzcoa, Mondragón, Sin esclarecer — Fer Altuna Urcelay @ 14:17

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A las once y veinte minutos del lunes 28 de agosto de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba en Mondragón (Guipúzcoa) al cabo primero de la Guardia Civil AURELIO SALGUEIRO LÓPEZ perteneciente al Servicio de Información (SIGC) cuando, vestido de paisano, se dirigía al cuartel después de haber recogido la correspondencia en la estafeta de correos.
Este itinerario lo realizaba diariamente y siempre a la misma hora. A mitad del recorrido entre Correos y el cuartel, en una pequeña plazoleta donde confluían las calles Zarugalde, Toribio Aguirre e Ignacio Zuloaga, fue abordado por dos miembros de los Comandos Autónomos Anticapitalistas que le dispararon varios tiros por la espalda con una pistola. Aurelio Salgueiro cayó al suelo boca arriba, quedando la correspondencia desparramada junto a su cuerpo, y fue rematado en el suelo delante de uno de sus hijos, de 14 años, con el que se acababa de encontrar.

Inmediatamente después de producirse el asesinato, los dos terroristas se dieron a la fuga en un vehículo Renault 5 TL de color amarillo en el que les esperaba un tercer individuo. El coche había sido robado a punta de pistola en Éibar a las nueve y media de la mañana del mismo día. Los terroristas obligaron a su propietario a subir al mismo y posteriormente lo dejaron atado y abandonado en Arrate. El vehículo fue encontrado a las cinco y media de la tarde en las cercanías de Éibar. 
La víctima había recibido cuatro impactos de bala alojados en el tórax y en la cabeza. El cuerpo del guardia civil permaneció en el suelo durante más de quince minutos desangrándose sin que nadie acudiera a socorrerlo, mientras su hijo, en estado de shock, daba aviso al cuartel. Aurelio fue trasladado en un turismo particular al centro asistencial de Mondragón, donde ingresó cadáver.
La capilla ardiente por el guardia civil se instaló a las cinco de la tarde en el cuartel de la Guardia Civil y el funeral tuvo lugar al día siguiente, a las once de la mañana, en la iglesia parroquial de San Juan Bautista de Mondragón.
El 29 de agosto una llamada a Egin reivindicó en nombre de un Comando Autónomo, Independentista y Anticapitalista el asesinato de Aurelio Salgueiro, que “había sido sentenciado por las asambleas populares por ser miembro de las fuerzas represivas”.
La pistola con la que asesinaron a Aurelio Salgueiro, una Browning GP-35, fue incautada a José María Iturrioz Garmendia el 15 de noviembre de 1978 cuando fue abatido por agentes de la Guardia Civil después de ametrallar la casa-cuartel de Arechavaleta. En la acción participaron también otros dos miembros de los CAA, Roberto Aramburu Uribarren y Enrique Zurutuza Odriozola. Tras el ametrallamiento, se produjo una persecución y un tiroteo que finalizó en Mondragón donde, además de Iturrioz Garmendia, resultaron muertos Aramburu Uribarren y una vecina de la localidad, Emilia Larrea Sáez de Adacia. Zurutuza Odriozola resultó herido de gravedad y fue detenido posteriormente.
Aurelio Salgueiro López, tenía 46 años y era natural de Monforte de Lemos (Lugo), localidad donde fueron enterrados sus restos mortales. Estaba casado y tenía siete hijos con edades comprendidas entre los 18 años, el mayor, y 11 meses la pequeña. Llevaba ocho años en el cuartel de Mondragón, al que fue destinado en agosto de 1970.

JOSÉ GARCÍA GASTIAIN (Vitoria, Alava, España)

Filed under: 1978, Agosto, Alava, José Luis Gómez Sampedro (ETA), Sin esclarecer, Vitoria — Fer Altuna Urcelay @ 14:04

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El 26 de agosto de 1978 fallecía en Vitoria el comerciante jubilado JOSÉ GARCÍA GASTIAIN, que no pudo superar las graves heridas sufridas la noche anterior.
A las diez y media de la noche del 25 de agosto García Gastiain tuvo la mala suerte de encontrarse en la línea de fuego de dos terroristas que, en esos momentos, estaban ametrallando el cuartel de la Policía Nacional de la capital alavesa. El agente de Policía que hacía guardia ante el cuartel logró protegerse del ataque y resultó ileso, pero uno de los disparos hirió de gravedad a José García, que escasos momentos antes había salido de su domicilio después de cenar para aparcar su vehículo en un taller de la familia.
La víctima fue trasladada al Hospital de Vitoria, donde se le intervino quirúrgicamente, pero falleció en la mañana del día siguiente como consecuencia de las heridas producidas. Según el parte médico, la bala le penetró por la región parietal derecha, alojándose en el lóbulo temporal, produciéndole “fractura múltiple de bóveda craneal con hemorragia y pérdida de masa cerebral”.
Tras el ametrallamiento, los terroristas se dieron a la fuga en un automóvil donde les esperaban otros dos etarras. El coche, un Renault 6 que había sido robado previamente, apareció a medianoche en la calle de La Paloma de Vitoria. En su interior se encontró una pistola Firebird y munición. La banda terrorista ETA intentó eludir su responsabilidad negando que fuesen sus disparos los que habían matado a José García, ya que la Policía también disparó para repeler la agresión. Por ello, y en un primer momento, se produjo cierta tensión, debido a que pensaron que sólo habían disparado los agentes. Sin embargo, en el lugar de los hechos se recogieron siete casquillos del calibre 9 milímetros parabellum, marca Geco, munición empleada habitualmente por la banda terrorista.
La misma noche del 25 de agosto la banda terrorista ETA secuestró en su domicilio de Guecho al hijo del industrial Javier Artiach, que fue liberado el mismo día tras el pago de 9,5 millones de pesetas. El industrial, de 45 años y cuatro hijos, fue llevado a punta de pistola a una sucursal bancaria por dos terroristas, mientras otros dos mantenían a su hijo en un coche bajo la amenaza de asesinarlo si no cumplía con el pago. Entre los participantes en el secuestro se encuentra José Antonio Alcocer Gabaldón, alias Zapatones, detenido en junio de 1980.
En 1980 la Audiencia Nacional condenó a seis años de prisión a José Luis Gómez Sampedro, detenido en febrero de 1979, por su participación en el atentado. Es hasta ahora el único condenado por el asesinato de José García Gastiain.
En abril de 1985 fue absuelto el etarra José Manuel Sánchez Beiztegui, extraditado por Francia en septiembre de 1984, de su participación en el ametrallamiento que acabó con la vida de García Gastiain, y para el que el fiscal pedía 118 años de prisión. La Fiscalía basó fundamentalmente su acusación en el testimonio ante la Policía del entonces miembro de ETA José Luis Gómez Sampedro, condenado por los mismos hechos, que acusó a Sánchez Beiztegui de formar parte del grupo que ametralló el cuartel de la Policía en Vitoria. Esa primera declaración la ratificó ante el juez que instruyó el caso. Posteriormente, sin embargo, se retractó de la misma alegando que su declaración había sido obtenida bajo torturas.
El 3 de abril de 2004 son detenidos en Francia en una operación conjunta de la Policía Judicial francesa y la Guardia Civil, los etarras Félix Ignacio Esparza Luri, Félix Alberto López de Lacalle Gauna, alias Mobutu, y Mercedes Chivite Berango, miembros de la dirección del aparato logístico y operativo de la banda terrorista ETA. Mobutu figuraba como buscado en cinco sumarios de la Audiencia Nacional, entre ellos el asesinato de José García Gastiain.
José García Gastiain, de 68 años de edad, estaba casado y tenía dos hijos, de 20 y 15 años.

16 de abril de 2012

JOSÉ ANTONIO PÉREZ RODRÍGUEZ (Madrid, Comunidad de Madrid, España)

http://g.co/maps/bw5ww
A las ocho y media de la mañana del viernes 21 de julio de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros al general de Brigada del Ejército, JUAN MANUEL SÁNCHEZ-RAMOS IZQUIERDO, y a su ayudante, el teniente coronel JOSÉ ANTONIO PÉREZ RODRÍGUEZ, enfrente del domicilio del general en la calle de Bristol del Parque de las Avenidas de Madrid. El atentado se produjo el mismo día que, con doscientos cincuenta y ocho votos a favor, dos en contra y catorce abstenciones, el Congreso de los Diputados aprobaba el proyecto del texto de la Constitución Española.

José Antonio Pérez Rodríguez, teniente coronel del Ejército de 59 años, era natural de El Ferrol. Estaba casado y tenía tres hijos. Su mujer era invidente y una de sus hijas estaba enferma. Técnico en armamento, había realizado poco antes de su asesinato un curso de control de fuego de artillería antiaérea y proyectiles dirigidos en EEUU. Inició su carrera militar como voluntario en Infantería de Marina en el año 1937. Ascendió a teniente de Artillería en 1947, a capitán en 1959 y obtuvo el empleo de comandante en 1961. Desde cuatro años antes de ser asesinado era teniente coronel. Estaba en posesión de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. Fue también condecorado con la medalla de Campaña, la Cruz Roja del Mérito Militar y una Cruz de Guerra.

El general acababa de subir al automóvil oficial aparcado frente a su domicilio para dirigirse a su despacho en el Cuartel General del Ejército. En el asiento posterior del vehículo ya se encontraba su ayudante, el teniente coronel Pérez Rodríguez, al que, como todos los días, había recogido con anterioridad en su domicilio de la calle de Colombia el chófer del vehículo oficial, el soldado Pedro de las Heras. Cuando el conductor había cerrado la puerta trasera del vehículo aparecieron dos terroristas, un hombre y una mujer, que abrieron fuego a través de las dos ventanillas traseras sobre el general y su ayudante. El hombre disparó contra el teniente coronel y la mujer contra el general. Ambos murieron en el acto, después de haber recibido entre diez y quince impactos de bala. Poco después fueron recogidos once casquillos de bala en el lugar del atentado.

“Ya se habían metido los dos en el coche -contaba el conductor instantes después del atentado-, e iba yo a sacar la funda del banderín, cuando los vi: una chica vestida de verde y un chico con bigote. Eran jóvenes, de unos veintitantos años. La chica vino por la parte derecha y disparó sobre el general. El chico, desde la parte izquierda, donde estaba sentado el ayudante. Yo retrocedí y entonces el chico volvió la cabeza y me miró, pero luego continuó hacia un taxi marca Renault 12, aparcado enfrente. Yo venía a buscar al general todos los días, más o menos a la misma hora. Primero recogía al ayudante en la calle de Colombia, donde vive, y luego veníamos aquí a recoger al general”.


El atentado se produjo con una gran rapidez y los pistoleros de la banda huyeron en dirección a la M-30 en el taxi aparcado enfrente, donde les esperaba una tercera persona. El taxi había sido robado a su propietario media hora antes. “Al preguntarles la dirección a la que les debía llevar -declaró posteriormente el propietario- el joven de mi derecha me indicó, sacando una pistola, que lo que querían era el coche, y que saliese del mismo y no pasaría nada (…) Una vez que bajé del taxi y se fueron con él los tres jóvenes, llamé por teléfono a mi antiguo jefe, del que fui chófer, el general de Infantería Antonio Alemán Ramírez, el cual llamó a su vez al 091 para comunicar lo ocurrido, indicándome que efectuase la denuncia, lo que hice en la comisaría de San Blas”.

Aunque la rapidez del atentado cogió por sorpresa a los escasos testigos que lo presenciaron, un sargento de la Policía Armada de paisano que pasaba en ese momento por la calle de Bristol en su automóvil, pudo ver los instantes finales del atentado y siguió al taxi en el que los terroristas habían emprendido la huida por la M-30. La persecución continuó hasta cerca de la estación de Chamartín, donde abrió fuego contra el taxi, alcanzándolo en una de las ruedas traseras. Los terroristas se vieron obligados a robar otro vehículo a punta de pistola para continuar la huida. El sargento de Policía consiguió, además, herir a uno de los terroristas, Isidro Etxabe Urrestilla, alias Zumai, que pese a ello consiguió escapar y llegar a Francia donde le curaron las heridas.

En el taxi, que fue llevado a la sede de la Dirección General de Seguridad, fueron halladas dos granadas de mano, una pistola y munición. En un segundo vehículo robado en la M-30 los etarras continuaron la huida por la carretera de Burgos, abandonándolo en la puerta de una fábrica.

Una hora más tarde de cometerse el atentado, hacia las nueve y media de la mañana, el juez de guardia ordenó el levantamiento de los cadáveres. Poco después llegaron dos ambulancias que trasladaron los cuerpos de los militares asesinados al Hospital Militar Gómez Ulla. El cuerpo del general presentaba varios impactos de bala, mientras que su ayudante sólo parecía tener un disparo en la sien.

Isidro Etxabe Urrestrilla, Zumai, un histórico de la banda detenido en 1981 en Madrid junto al fallecido Joseba Arregui, fue condenado por la Audiencia Nacional en 1982 a 70 años de cárcel por el doble asesinato. No obstante, obtuvo la libertad en 1994, después de criticar la continuidad del terrorismo. En diciembre de 1990 dirigió una carta a la dirección de la banda terrorista en la que criticaba duramente la estrategia política seguida por ETA en los últimos tiempos, a la que llegaba a calificar de “locura”. Isidro Etxabe había acumulado penas de 201 años por varios asesinatos. Tras condenar el asesinato del niño Fabio Moreno en Erandio y el atentado contra Irene Villa y su madre, María Jesús González, fue excarcelado. Había pasado 14 años en prisión.

La mujer que acompañaba a Etxabe nunca fue detenida ni juzgada.

JUAN MANUEL SÁNCHEZ-RAMOS IZQUIERDO (Madrid, Comunidad de Madrid, España)

http://g.co/maps/bw5ww

A las ocho y media de la mañana del viernes 21 de julio de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros al general de Brigada del Ejército, JUAN MANUEL SÁNCHEZ-RAMOS IZQUIERDO, y a su ayudante, el teniente coronel JUAN ANTONIO PÉREZ RODRÍGUEZ, enfrente del domicilio del general en la calle de Bristol del Parque de las Avenidas de Madrid. El atentado se produjo el mismo día que, con doscientos cincuenta y ocho votos a favor, dos en contra y catorce abstenciones, el Congreso de los Diputados aprobaba el proyecto del texto de la Constitución Española.

Juan Manuel Sánchez-Ramos Izquierdo, general de Brigada de 64 años, era de San Fernando (Cádiz). Estaba casado con Carmen Pertegaiz y tenía tres hijos y varios nietos. En el momento de su asesinato era jefe de Armamento de Artillería de la Dirección General de Apoyo al Material de la JSAL (Jefatura Superior de Apoyo Logístico). Se encontraba en la situación B y le faltaban dos años para pasar a la reserva. En círculos militares “era conocido como un hombre de talante liberal, muy religioso y con un gran prestigio profesional como técnico de armamento” (El País, 22/07/1978). A los dieciséis años ingresó en el Ejército como soldado de Infantería de Marina. En 1934 inició sus estudios en la Academia de Artillería, de la que salió en 1937. Ascendió a capitán de Artillería en 1939 y a comandante en 1944. Ostentó el empleo de teniente coronel desde 1958 a 1968, año en el que asciende a coronel. Desde el 17 de diciembre de 1972 era general.


El general acababa de subir al automóvil oficial aparcado frente a su domicilio para dirigirse a su despacho en el Cuartel General del Ejército. En el asiento posterior del vehículo ya se encontraba su ayudante, el teniente coronel Pérez Rodríguez, al que, como todos los días, había recogido con anterioridad en su domicilio de la calle de Colombia el chófer del vehículo oficial, el soldado Pedro de las Heras. Cuando el conductor había cerrado la puerta trasera del vehículo aparecieron dos terroristas, un hombre y una mujer, que abrieron fuego a través de las dos ventanillas traseras sobre el general y su ayudante. El hombre disparó contra el teniente coronel y la mujer contra el general. Ambos murieron en el acto, después de haber recibido entre diez y quince impactos de bala. Poco después fueron recogidos once casquillos de bala en el lugar del atentado.

“Ya se habían metido los dos en el coche -contaba el conductor instantes después del atentado-, e iba yo a sacar la funda del banderín, cuando los vi: una chica vestida de verde y un chico con bigote. Eran jóvenes, de unos veintitantos años. La chica vino por la parte derecha y disparó sobre el general. El chico, desde la parte izquierda, donde estaba sentado el ayudante. Yo retrocedí y entonces el chico volvió la cabeza y me miró, pero luego continuó hacia un taxi marca Renault 12, aparcado enfrente. Yo venía a buscar al general todos los días, más o menos a la misma hora. Primero recogía al ayudante en la calle de Colombia, donde vive, y luego veníamos aquí a recoger al general”.

El atentado se produjo con una gran rapidez y los pistoleros de la banda huyeron en dirección a la M-30 en el taxi aparcado enfrente, donde les esperaba una tercera persona. El taxi había sido robado a su propietario media hora antes. “Al preguntarles la dirección a la que les debía llevar -declaró posteriormente el propietario- el joven de mi derecha me indicó, sacando una pistola, que lo que querían era el coche, y que saliese del mismo y no pasaría nada (…) Una vez que bajé del taxi y se fueron con él los tres jóvenes, llamé por teléfono a mi antiguo jefe, del que fui chófer, el general de Infantería Antonio Alemán Ramírez, el cual llamó a su vez al 091 para comunicar lo ocurrido, indicándome que efectuase la denuncia, lo que hice en la comisaría de San Blas”.

Aunque la rapidez del atentado cogió por sorpresa a los escasos testigos que lo presenciaron, un sargento de la Policía Armada de paisano que pasaba en ese momento por la calle de Bristol en su automóvil, pudo ver los instantes finales del atentado y siguió al taxi en el que los terroristas habían emprendido la huida por la M-30. La persecución continuó hasta cerca de la estación de Chamartín, donde abrió fuego contra el taxi, alcanzándolo en una de las ruedas traseras. Los terroristas se vieron obligados a robar otro vehículo a punta de pistola para continuar la huida. El sargento de Policía consiguió, además, herir a uno de los terroristas, Isidro Etxabe Urrestilla, alias Zumai, que pese a ello consiguió escapar y llegar a Francia donde le curaron las heridas.

En el taxi, que fue llevado a la sede de la Dirección General de Seguridad, fueron halladas dos granadas de mano, una pistola y munición. En un segundo vehículo robado en la M-30 los etarras continuaron la huida por la carretera de Burgos, abandonándolo en la puerta de una fábrica.

Una hora más tarde de cometerse el atentado, hacia las nueve y media de la mañana, el juez de guardia ordenó el levantamiento de los cadáveres. Poco después llegaron dos ambulancias que trasladaron los cuerpos de los militares asesinados al Hospital Militar Gómez Ulla. El cuerpo del general presentaba varios impactos de bala, mientras que su ayudante sólo parecía tener un disparo en la sien.

Isidro Etxabe Urrestrilla, Zumai, un histórico de la banda detenido en 1981 en Madrid junto al fallecido Joseba Arregui, fue condenado por la Audiencia Nacional en 1982 a 70 años de cárcel por el doble asesinato. No obstante, obtuvo la libertad en 1994, después de criticar la continuidad del terrorismo. En diciembre de 1990 dirigió una carta a la dirección de la banda terrorista en la que criticaba duramente la estrategia política seguida por ETA en los últimos tiempos, a la que llegaba a calificar de “locura”. Isidro Etxabe había acumulado penas de 201 años por varios asesinatos. Tras condenar el asesinato del niño Fabio Moreno en Erandio y el atentado contra Irene Villa y su madre, María Jesús González, fue excarcelado. Había pasado 14 años en prisión.

La mujer que acompañaba a Etxabe nunca fue detenida ni juzgada.

José Antonio Pérez Rodríguez, teniente coronel del Ejército de 59 años, era natural de El Ferrol. Estaba casado y tenía tres hijos. Su mujer era invidente y una de sus hijas estaba enferma. Técnico en armamento, había realizado poco antes de su asesinato un curso de control de fuego de artillería antiaérea y proyectiles dirigidos en EEUU. Inició su carrera militar como voluntario en Infantería de Marina en el año 1937. Ascendió a teniente de Artillería en 1947, a capitán en 1959 y obtuvo el empleo de comandante en 1961. Desde cuatro años antes de ser asesinado era teniente coronel. Estaba en posesión de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. Fue también condecorado con la medalla de Campaña, la Cruz Roja del Mérito Militar y una Cruz de Guerra.


15 de abril de 2012

JOSÉ JAVIER JÁUREGUI BERNAOLA (Lemona, Vizcaya, España)

Filed under: 1978, Julio, Lemona, Sin esclarecer, Vizcaya — Fer Altuna Urcelay @ 22:20

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A las cuatro menos cuarto de la tarde del 8 de julio de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros al juez de paz de Lemona (Vizcaya), JOSÉ JAVIER JÁUREGUI BERNAOLA, en el interior del bar propiedad de su familia.
José Javier Jáuregui se encontraba solo atendiendo el establecimiento que hacía las veces de taberna y expendeduría de tabaco en Lemona. A esta hora no había nadie en el local y el último cliente había salido minutos antes. Dos terroristas del grupo Kioto de ETA entraron en el bar con la cara cubierta por capuchas y preguntaron si era José Javier Jáuregui. Éste les contestó afirmativamente y, mientras la víctima se dirigía hacia ellos, le dispararon a bocajarro. Jáuregui fue alcanzado por cinco impactos de bala, cuatro en el pecho y uno en un brazo. En el lugar de los hechos la Guardia Civil recogió seis casquillos del calibre 9 milímetros parabellum, marca Geco.
Tras abandonar precipitadamente el establecimiento, y haciendo un disparo intimidatorio al aire, huyeron en dirección a Amorebieta en un Simca 1200 color azul. Hora y media después el vehículo sería localizado en esta localidad por la Guardia Civil, con las llaves de contacto puestas. El coche había sido robado a punta de pistola una hora antes del atentado en la localidad de Durango a Jesús Sanz de Viana, al que dejaron maniatado cerca de Amorebieta.
Jaime Jáuregui, hermano de José Javier y médico en Durango, señaló que su hermano “no pertenecía a ningún grupo político. Como ocurre en todos los pueblos, tenía amigos y enemigos. Nosotros somos de aquí. Era juez de paz desde hace cinco o seis años. Mi hermano solía sacar de cuando en cuando la bandera española al balcón, pero eso no creo que sea motivo para matarle”. Señaló que su hermano había sido amenazado bastantes veces, sobre todo por teléfono, y que las amenazas se hicieron más frecuentes en los meses anteriores a su asesinato. Cuando se inauguró el batzoki de Lemona incluso pintaron en la fachada del bar “Javi vas a cascar”. Tras recibir estas amenazas, dejó de sacar la bandera de España fuera del local como medida de precaución.
Una mujer cercana a la familia contó que, pocos días antes del asesinato, cuando viajaba con José Javier a Bilbao, fueron seguidos por unos desconocidos. Y también en los días previos al atentado un individuo fue a su establecimiento y, aunque no amenazó a la víctima, se identificó como miembro de ETA y le dijo que acababa de regresar de Francia y no tenía dinero. La reacción de José Javier fue perdonarle la consumición que acababa de hacer: un vino y un bocadillo.
José Javier Jáuregui Bernaola, de 38 años de edad, soltero y juez de paz de Lemona, gestionaba el Bar La Herradura en esta localidad vizcaína, propiedad de su familia, trabajo que compatibilizaba con el de conductor de una ambulancia de la Seguridad Social en Sestao. Precisamente a las cuatro de la tarde iba a entrar de servicio en un turno que debía concluir a las doce de la noche. Además, era también exconsejero local del Movimiento, según informó El País.

DOMINGO MERINO ARÉVALO (Zarauz, Guipúzcoa, España)

Filed under: 1978, Guipúzcoa, Julio, Pedro María Leguina Aurre (ETA), Sin esclarecer, Zarauz — Fer Altuna Urcelay @ 21:34

http://g.co/maps/hgh4d

A las once de la noche del 5 de julio de 1978 la banda terrorista ETA asesinaba a tiros al joven DOMINGO MERINO ARÉVALO bajo la acusación, una vez más, de ser confidente de la Policía. El asesinato se produjo cuando la víctima aparcaba su vehículo en el Hotel Duque de Zarauz donde llevaba viviendo tres meses. Los etarras estaban en el interior del aparcamiento del hotel y, cuando le vieron llegar, le dispararon a corta distancia provocándole la muerte en el acto. La víctima presentaba seis impactos de bala.
El vehículo utilizado por los terroristas, un Citroën GS, fue robado a punta de pistola hacia las siete de la tarde a su propietario, Ramiro Ramírez Pérez, en la entrada de Zarauz. Ramírez Pérez fue amordazado y abandonado en el Alto de Orio.
En un primer momento se pensó que el atentado era obra de miembros de la extrema derecha, porque según declaraciones de un íntimo amigo, Eugenio Treku, Domingo simpatizaba con la  izquierda proetarra. “Desconozco la identidad de los autores, pero estoy seguro de que son enemigos del País Vasco. Pensar en una represalia de ETA no cabe en mi cabeza. Txomin y yo teníamos unas ideas similares respecto al problema de Euskadi y luchábamos, como otros muchos, por salir adelante. Conocía muy bien a Txomin y estoy convencido de que no fue confidente de la Guardia Civil, como se ha dicho por ahí” (ABC 07/07/1978). Incluso se recibió una llamada en la revista Interviú en la que la Alianza Apostólica Anticomunista (Triple A) reivindicaba el asesinato y añadía, como coletilla, que “seguirían actuando”. Por otra parte, Txomin Merino había sido detenido en el año 1973, y condenado a dos años de prisión por distribuir “propaganda subversiva” y tenencia de moneda falsa. Estuvo interno en las cárceles de Jaén, Madrid, Martutene y Logroño, donde cumplió un total de dieciocho meses de prisión.

Sin embargo, ETA reivindicó el atentado al día siguiente, argumentando que la víctima se encontraba íntimamente relacionada con la Guardia Civil y que tenían constancia del intento de Domingo de aproximarse “a los sectores revolucionarios de la izquierda abertzale” con el fin de pasar información a las fuerzas policiales. El extenso manifiesto acusatorio señalaba que, hacía poco tiempo, Domingo había usurpado la personalidad del etarra Txomin Iturbe para extorsionar a algunos empresarios y exigirles el pago de un impuesto revolucionario.
Los rumores sobre “la personalidad oscura” de Txomin Merino se dispararon en Zarauz, y se hizo alusión a su presencia cotidiana en establecimientos públicos, en los que “derrochaba fuertes sumas de dinero” a pesar de encontrarse sin trabajo fijo, dado que se dedicaba esporádicamente a la venta ambulante de tejidos, al tiempo que vivía en un hotel confortable no acorde con su poder adquisitivo.
Una hermana de Domingo declaró no tener ni idea de los motivos por los que fue asesinado. “Txomin nos mantenía al margen de todo lo que hacía. Por eso desconocíamos que hubiera recibido amenazas”.
Las fuerzas de seguridad consideran que uno de los etarras que participó en el asesinato de Merino fue Pedro María Leguina Aurre, alias TxikiXepa y Kepatxu, extraditado por Francia en diciembre de 2001. Leguina Aurre está acusado de participar en más de veinte asesinatos entre los años 70 y 80.
Domingo Merino Arévalo, de 28 años, era natural de Ciudad Real, aunque vivía en el País Vasco desde los ocho años, cuando sus padres se trasladaron a la localidad guipuzcoana de Cestona. Tras su período de estancia en la cárcel, se fue a Francia, donde permaneció ocho meses. A la vuelta, se separó de su mujer y comenzó a trabajar en la venta de telas. Su mujer se trasladó a vivir a Logroño con la hija de ambos, de seis años.

14 de abril de 2012

JOSÉ MARÍA PORTELL MANSO (Portugalete, Vizcaya, España)

Filed under: 1978, Junio, Portugalete, Sin esclarecer, Vizcaya — Fer Altuna Urcelay @ 19:07

http://g.co/maps/36ec8

A las nueve menos cuarto de la mañana del 28 de junio de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en Portugalete (Vizcaya) al periodista JOSÉ MARÍA PORTELL MANSO, cuando no habían pasado ni veinticuatro horas del asesinato en San Sebastián del policía Francisco Martín González. Dos etarras le dispararon varios tiros de pistola a bocajarro cuando se disponía a arrancar su coche, aparcado frente a su casa de la calle Muelle de Churruca.
Como todos los días a la misma hora José María había salido de su domicilio para dirigirse a la sede del periódico La Gaceta del Norte. Tras cruzar la calle abrió la puerta del coche, que tenía aparcado en la acera de enfrente, encendió la radio y, cuando se disponía a arrancar el vehículo, dos individuos se acercaron a paso rápido, situándose uno en la parte trasera y otro junto a la ventanilla del conductor. Sin mediar palabra ambos hicieron fuego de pistola sobre el periodista, corriendo a continuación hacia un coche con el motor en marcha, donde les esperaba una tercera persona. El vehículo, un Seat 127 de color rojo con matrícula de Murcia, huyó en dirección a Santurce, y en su fuga estuvo a punto de estrellarse en una curva muy pronunciada existente al final de la calle Muelle de Churruca. La Guardia Civil encontró en el lugar del atentado siete casquillos de calibre 9 milímetros parabellum, marca Geco. El coche del periodista presentaba dos impactos en la luneta posterior y un tercero en la puerta del maletero. La ventana del lado del conductor aparecía bajada, por lo que se supone que uno de los terroristas pudo introducir por allí su arma para hacer algún disparo.
Asistido por dos testigos presenciales del atentado y un médico, que le acompañó en la ambulancia, Portell fue trasladado a la Residencia Sanitaria de Cruces en Baracaldo, donde ingresó cadáver. Presentaba tres heridas de bala, una con entrada por el omóplato izquierdo y salida por el abdomen, que le atravesó el corazón; una segunda, en la axila izquierda, y una tercera en un glúteo. El cadáver del periodista fue trasladado a las doce menos cuarto del mediodía al depósito del Hospital de Bilbao. El forense confirmó las características de las heridas: “El disparo que entró por el omóplato le rompió el corazón. Era una herida mortal”.

A la hora que asesinaron a Portell había muchos transeúntes en la calle y un buen número de jóvenes que se disponían a entrar en las piscinas municipales, situadas frente al domicilio del periodista, por lo que el crimen fue visto por muchos testigos. Algunos afirmaron haber visto el coche utilizado por los terroristas aparcado junto a la casa del periodista desde la noche anterior. Las mismas personas señalaron que vieron merodeando por la zona a dos jóvenes vestidos con chándal deportivo de color rojo y que portaban bolsas de deporte. Este dato coincidió con el testimonio de Francisco Carante, encargado de las piscinas municipales, quien declaró tras el atentado que, cuando entraba a trabajar, hacia las seis y media de la mañana, vio sentados en el muelle de la ría del Nervión a dos jóvenes vestidos con chándal rojo. “No le di importancia porque a partir de esa hora son muchos los jóvenes que vienen a las instalaciones. Cuando oí los disparos, salí del edificio y pude ver cómo se alejaba a toda velocidad un coche rojo matrícula de Murcia”.
La primera persona en acudir junto al vehículo de José María fue el portero del número 56 de la calle Muelle de Churruca. Este testigo de excepción manifestó lo siguiente: “El señor Portell tenía la cabeza apoyada contra el volante. La camisa estaba empapada de sangre y su cara tenía un color amarillento. ‘¡Señor Portell!’ -le dije-. Se incorporó un poco y se dejó caer sobre el respaldo de su asiento. No hablaba, sólo alcanzó a murmurar algunas palabras que no entendí”.
En el momento en que el periodista era sacado del coche llegó junto al mismo su mujer, Carmen Torres Ripa, también periodista, produciéndose una escena de una emoción impresionante. A las once de la mañana los compañeros de José María se reunieron en su domicilio para darle el pésame a la viuda. Carmen acababa de llegar del hospital donde había fallecido su marido y estaba profundamente afectada. “Ha sido horrible. No nos lo esperábamos. Mi marido fue amenazado en el pasado pero últimamente, que yo sepa, no había recibido amenazas. No sé quién le ha podido matar. Yo estaba tomando café con mis hijos cuando oí los disparos. Bajé a la calle y encontré a mi marido ya agonizante. No puedo creerlo”. Cuando los informadores despedían a la viuda ésta resumía así el sentido último de esta profesión: “Los periodistas tienen derecho a vivir y morir tranquilos”. La esposa de José María Portell contó a los informadores que su marido llegó el martes algo tarde a casa. Por la noche había tenido una reunión con otros compañeros de La Hoja del Lunes de Bilbao para la que preparaban un amplio trabajo sobre ETA. “Antes de despedirse de mí esta mañana me lo había contado todo”.
La noticia, difundida a los pocos minutos por todas las agencias, produjo una gran impresión en los medios informativos bilbaínos. En este ambiente se comentaba durante la mañana del asesinato que José María Portell había recibido en octubre una llamada anónima de alguien que no quiso identificarse, quien le comunicó que tenía noticias de que ETA pensaba atentar contra él. Al parecer, Portell aparecía en una lista de la banda terrorista.
La capilla ardiente quedó instalada a las 18:30 horas de la tarde en la sede de la Asociación de la Prensa de Bilbao por deseo expreso de la familia. El funeral se celebró al día siguiente, 29 de junio, a las ocho de la noche en la Iglesia de San José, de Baracaldo, de donde era natural el periodista. Acompañando a la familia asistieron varios miles de personas, en una gran manifestación de duelo, y la totalidad de la profesión periodística vizcaína, representantes de casi todas las Asociaciones de la Prensa de España y un buen número de directores de periódicos de toda España, entre los que destacaban los de los principales periódicos nacionales. También estuvieron presentes representantes de todos los partidos políticos parlamentarios y de varias fuerzas políticas y sociales más. Por parte de las autoridades, asistieron el ministro de Cultura, Pío Cabanillas, y el presidente del Consejo General vasco, Ramón Rubial, junto a los consejeros vascos de Interior y de Obras Públicas, José María Benegas y Jesús María Viana. Tras la misa, que se celebró sin que se produjera ningún incidente, los restos mortales de José María Portell fueron conducidos al cementerio de La Arboleda, de Baracaldo, donde recibieron sepultura.
José María Portell era “un periodista muy conocido, que se había distinguido en los enfrentamientos contra la oligarquía vasca, especializado en temas municipales hasta mediados de los años setenta, que se inclinó al tema de ETA escribiendo un par de libros, desde su perspectiva de hombre moderado” (Gregorio Morán, Los españoles que dejaron de serlo, Tirant lo Blanch, 2003).
Había cubierto para su periódico las sesiones del Consejo de Guerra de Burgos (1970) contra varios miembros de la banda terrorista. Su conocimiento del mundo etarra hizo que el ministro del Interior, Martín Villa, lo eligiera como intermediario entre el Gobierno y ETA en 1977. Desde ese momento, “trabajaron en paralelo dos intermediarios para poder sentar a la mesa a ETA militar y al Gobierno; uno era José María Portell y el otro el responsable de Interior del Consejo General Vasco, Txiki Benegas. Desde febrero de 1977 Portell había concebido la idea de servir de puente entre ETA y el Gobierno. ‘Había saltado — escribió él mismo— los límites del periodismo para entrar en los vidriosos caminos de la diplomacia política, sin saber si debajo de mi trapecio había siquiera una red que me parara el golpe’” (Gregorio Morán, Los españoles que dejaron de serlo, Tirant lo Blanch, 2003).
El asesinato del periodista no sólo provocó un enorme impacto en la opinión pública, sino que las causas del mismo han dado lugar a múltiples interpretaciones y a una fractura entre las dos ramas de ETA. Mientras ETA político-militar hizo pública una declaración condenando el asesinato, ETA militar difundió un inusitado, por largo y reiterativo, comunicado de reivindicación en el que acusaba a Portell de ser un agente del Gobierno español. En el mismo se explicaba que a algunas personas podía parecerles extraño el atentado contra el periodista, si bien ETA militar ejecutó a José María Portell, “porque existen pruebas suficientes para demostrar el papel que, como agente del Gobierno español, jugaba y su misión a cumplir estaba bien definida: dedicar por entero su prestigiosa carrera, así como sus privilegiados resortes, a desprestigiar, calumniar y, en definitiva, a atacar a ETA”. El mismo comunicado acusaba a Portell de intoxicar a sus lectores contra la lucha de ETA, tanto a través de sus artículos periodísticos como en los dos libros que el fallecido escribió sobre la banda asesina, al tiempo que señalaban su amistad con el inspector José Sainz González y le atribuían la autoría del diario de José Miguel Beñarán, Argala, publicado años antes en una revista española. Igualmente indicaba el comunicado que Portell tuvo una participación relevante en las negociaciones Gobierno-ETA, y finalizaba acusando a la totalidad de la prensa de tratar a la organización de un modo arbitrario e irresponsable, señalando expresamente a Cambio 16, Diario 16, Gaceta del Norte y Pensamiento Navarro, amenazando con posibles nuevas acciones contra los mismos.
Por su parte, Juan Félix Eriz, militante del Partido Carlista, amigo y compañero de Portell en la labor mediadora encomendada por el gobierno de Adolfo Suárez, sostiene la tesis de que el asesinato se debió a una estratagema de personas relacionadas con los servicios de información. La estratagema habría consistido en hacer creer a la banda terrorista que el periodista estaba relacionado con algunos atentados cometidos en territorio francés contra miembros de la propia ETA (Yo he sido mediador de ETA, Arnao Ediciones, 1986). Juan Félix Eriz, una semana después del asesinato de José María, hizo unas declaraciones en El País indignado porque el ministro Martín Villa había negado que hubiese negociaciones con ETA: “Martín Villa miente. Sí ha habido negociaciones con ETA. El ministro habló de este asunto con Portell en febrero, concretamente el día de San Valentín (…) En un primer momento, pensé callarme, porque había una especie de pacto de silencio. Pero al leer la nota del Ministerio, que negaba categóricamente que hubiera habido ningún contacto, me indigné. Por eso hablo”. Señaló, además, que recibió el día 2 de junio una llamada del periodista para preparar un nuevo contacto con ETA. “Ese contacto iba a producirse en los últimos días de junio”, precisó Eriz. En su opinión “es evidente que ETA sabía que Portell tenía carta blanca de Martín Villa”, aunque “es absolutamente falso que actuara como agente del Gobierno, y desafío a ETA a demostrar sus acusaciones”.
Su viuda Carmen seguramente sabe o sospecha el motivo por el que asesinaron a su marido, pero ha preferido mantenerse callada todos estos años. Con motivo del asesinato de José Luis López de Lacalle, escribió en El Mundo: “Está aún sin escribir lo que no he dicho. No descansaré hasta hablar, aunque siento que las letras del ordenador no quieren unirse para contar la historia. Ha sido inquietante callar. José María Portell no fue nada de lo que la gente creyó -o quiso creer- que era. La única verdad era su periodismo y la fuerza arrolladora de su idealismo. Por estos dos ideales murió asesinado”.
A diferencia de tantas y tantas víctimas, que ni olvidan ni perdonan, y que han pedido una y otra vez que no se dialogue con los asesinos de ETA, Carmen sí ha perdonado, y lo hizo desde el mismo día del asesinato de su marido: “¿Por qué yo perdoné a los asesinos de mi marido? No tengo ni idea. Pero ocurrió. Fue un incomprensible destello que me ayudó a vivir y sigue guiando mi vida. Comprendo a quien permanece enredado en el odio. Lo comprendo porque, humanamente, el perdón es una fuerza imposible de sentir si no te la regalan. Recibí ese don un día 28 de junio de 1978. Yo tenía 33 años y 5 hijos. A primera hora de ese día de junio asesinaron a mi marido. Era periodista y su único delito había sido intentar un diálogo de paz” (El Periódico de Cataluña, 05/03/2006). Por esos mismos motivos, Carmen está a favor de dialogar con ETA como única forma de terminar con el terrorismo.
El asesinato de José María Portell ha quedado impune y, a día de hoy, sigue sin saberse quiénes acabaron con su vida. Su hija Verónica, autora de Y sin embargo te entiendo (Ed. Hiria, 2006) libro en el que aborda el fenómeno de la violencia y el terrorismo, señaló en una entrevista en RTVE en relación a los asesinos de su padre que para ella “ETA es algo muy abstracto y no quiero pensar que los asesinos de mi padre tengan cara, ni nombre, ni apellidos”. Ella explica que en su libro pretende, a través de veintisiete personajes que representan la vida diaria de la sociedad vasca, “entender, que no es lo mismo que justificar, ni que juzgar… Fue un esfuerzo muy grande meterme en la piel de un terrorista para escribir en primera persona”. Verónica Portell es muy consciente de que muchas víctimas del terrorismo no comprenderán su libro, pero ella, que no ha conocido más que la violencia en su tierra, tiene “dos hijos y querría que ellos supieran de ETA por los libros de historia”.
José María Portell Manso nació en Baracaldo en 1933, por lo que tenía 45 años cuando fue asesinado. Estaba casado con la también periodista Carmen Torres Ripa, que quedó viuda con 33 años. El matrimonio tenía cinco hijos: Gabriel, de 11 años, Míriam de 9, Verónica de 8, Susana, de 7 y Jesús, de 4. Carmen estaba esperando al sexto hijo y tenían planeado salir de vacaciones de verano el sábado siguiente al del asesinato. Verónica y Míriam siguieron los pasos de sus padres y se dedicaron también al periodismo. Primer periodista asesinado por la banda terrorista ETA, Portell inició su carrera en el diario Hierro. En el momento de su asesinato, ejercía como redactor jefe de La Gaceta del Norte, trabajo que compatibilizaba con la dirección de La Hoja del Lunes. Además, llevaba las corresponsalías de La VanguardiaABC y la agencia Associated Press. Profesional de reconocido prestigio como informador independiente, era un gran conocedor del mundo de ETA, sobre el que escribió dos libros: Los hombres de ETA (Dopesa, 1974) y Euskadi: la amnistía arrancada (Dopesa, 1977). Cuando asumió la dirección de La Hoja del Lunes dijo que la noticia que le gustaría dar es “Por fin hay paz en Euskadi”. Cuando presentó su segundo libro, explicó los motivos por los que se había especializado en la banda terrorista: “Me especialicé en el tema de ETA por razones morales y por casualidad, a sabiendas de que era un tema complejo, arriesgado y poco agradecido, ya que al estar ahora en una fase de ‘efervescencia y calor’, la frialdad de la objetividad suele despertar controversias entre los beligerantes”. El problema de la objetividad era algo que preocupaba a Portell en un tema que, tanto antes como ahora, polarizaba a la sociedad. En julio de 1977, once meses antes de ser asesinado, había escrito algo en cierto modo profético: “Yo sólo soy un periodista que es consciente de que ha de esforzarse por acercarse a la objetividad, a sabiendas de que la objetividad es ingrata a corto plazo” (Euskadi: la amnistía arrancada, Dopesa, 1977). Gregorio Morán escribió de él: “tenía la ambición de servir de pacificador cuando ninguna de las partes estaba muy dispuesta a ser pacificada” (Los españoles que dejaron de serlo, Tirant lo Blanch, 2003).

Muelle de Churruca, 58, Portugalete, Vizcaya.

FRANCISCO MARTÍN GONZÁLEZ (San Sebastián, Guipúzcoa, España)

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El 27 de junio de 1978 la banda terrorista ETA asesina a tiros en el barrio de Bidebieta de San Sebastián al sargento de la Policía Armada FRANCISCO MARTÍN GONZÁLEZ.
Ese día, el sargento Martín González y otros tres agentes del cuerpo se encontraban prestando un servicio de vigilancia en una urbanización de San Sebastián. El todoterreno en el que viajaban estaba parado en el paseo de Los Olmos, donde iban a proceder a hacer un relevo de las patrullas que recorrían las calles de San Sebastián. Uno de los agentes se encontraba en el exterior del vehículo cuando se acercó un taxi de color blanco del que se apeó un terrorista que ametralló a los miembros de la patrulla. El sargento resultó muerto en el acto, mientras que sus tres compañeros –José Frado CarroFrancisco Sánchez Arcos y José Gutiérrez Díaz– resultaron heridos de gravedad. En el lugar del atentado se encontraron numerosos casquillos del calibre 9 milímetros parabellum marca Geco.
Un testigo presencial, recién licenciado en Medicina, ha contado a Libertad Digital lo que vivió ese día. Aunque han pasado más de treinta años, prefiere mantenerse en el anonimato. Este es su testimonio: “Era el 27 de junio de 1978. Yo acababa de terminar la carrera de medicina al mismo tiempo que cumplía mi servicio militar. El curso había terminado y estaba con mi mujer comiendo en casa de mis suegros, en el Parque de Bidebieta en San Sebastián. En la sobremesa oímos un tableteo de arma automática. Mi suegro dijo que eran fuegos artificiales pero yo sabía que era un arma de fuego. Bajé a la calle entre los gritos de mi mujer ‘¡No bajes!, ¡No bajes por Dios!’. Al llegar al portal vi el Land Rover rodeado de varios policías caídos. Me acerqué sin reflexionar, no había nadie ni a derecha ni izquierda, tenía la boca seca y temía que volviesen a disparar. Uno de los policías estaba sentado en la acera, sangraba tremendamente de una herida en la sien. Una arteria sangraba a golpes. Estaba vivo y me dijo que estaba bien. Le enseñé a ponerse un dedo apretando la arteria y la sangre empezó a pararse. Otro policía estaba tumbado en el suelo, tenía los pies apoyados en la escalerilla de atrás del furgón. Estaba vivo y me dijo si podía bajarle los pies de la escalera. No sentía las piernas. Estaba parapléjico y tenía, entre otros, un tiro en el abdomen en la parte derecha a la altura del hígado. Estaba chocado, blanco como el papel. Le tomé el pulso, que estaba en taquicardia muy elevada. ‘Se muere’, pensé… ‘¡Ánimo!’, le dije, ‘enseguida vienen a llevarte’. ‘¿Me voy a morir?’ … ‘no, no…’ El sargento estaba sentado en el sitio del copiloto con la cabeza caída hacia atrás. Estaba muerto. No veía un sangrado claro, pero al intentar mover la cabeza tenía sangre en la nuca. El tiro había entrado por el lado del conductor matándolo en el acto… Seguía sin venir nadie y me parecía que había pasado una hora. Descolgué el micro de la radio del coche y presioné un botón… ‘¡Oiga, oiga! ¿Me oyen?..’ Alguien me contestó y ni me acuerdo lo que dije… Empezó a llegar gente, intenté organizar el traslado del agente herido. Alguien trajo una puerta y, a modo de camilla, lo montamos y lo subimos al coche de un solícito vecino de la urbanización. ‘¡Rápido, rápido!’ decía yo… Llegaron tres coches de la Policía a toda velocidad. Uno de los policías, en plena crisis, sacó la porra y se vino como a golpearnos. Sus compañeros le tranquilizaron… Les conté lo sucedido… y el sargento está muerto… ‘¡Han matado al sargento González!’, gritó uno… otro guardia se puso a llorar desconsolado. Todos estaban muy afectados. Como todo estaba controlado, solté el mando de la situación y, de repente, me bajó la adrenalina y casi sin poder andar me volví a casa… Tardé muchos días en recuperarme porque las imágenes de la sangre y el dolor de sus compañeros no me abandonaban. Tenía entonces 24 años. Jamás lo olvidaré“.
Los restos mortales de Francisco Martín fueron trasladados al día siguiente, 28 de junio, a Madrid, y la capilla ardiente se instaló en la Academia de la Policía Armada de Canillas. Esa misma mañana tuvo lugar el funeral sin que se registrase ningún incidente. Al mismo asistieron el subsecretario de Orden Público, Julio Camuñas; el director general de Seguridad, Mariano Nicolás; el general inspector de la Policía Armada, Timón de Lara, y numerosos jefes, oficiales, policías y alumnos del citado cuerpo. No asistió ningún miembro del Gobierno, que a esa hora se encontraba reunido en Consejo de Ministros extraordinario.
Unas horas después, hacia la una y veinte de la madrugada, otro grupo de la banda terrorista abrió fuego contra miembros de la Policía que habían montado un control de carretera para intentar capturar a los autores de la muerte de Francisco Martín. Los disparos fueron hechos a bastante distancia desde un monte cercano a la capital donostiarra, y obligó a los agentes a tirarse al suelo para protegerse del ataque. Horas después, cuando amaneció, se procedió a inspeccionar la zona. Cerca del lugar desde el que se realizaron los disparos se encontraron tres paquetes que contenían respectivamente un kilo de goma-2 cada uno adosados a una cantidad importante de metralla. Los artefactos explosivos estaban preparados para ser lanzados directamente, a modo de bomba de mano. La banda terrorista ETA pretendía tender una emboscada a las Fuerzas de Seguridad y los disparos tenían el objetivo de que los policías se acercasen al lugar.
En 1981 la Audiencia Nacional condenó a Miguel Sarasqueta Zubiarrementeria, miembro del grupo Donosti de ETA, a 30 años de prisión mayor por el asesinato del sargento Martín González. En la misma sentencia se condenó a José Manuel Olaizola Eizaguirre a 17 años de prisión en concepto de cómplice del asesinato. Dos años después, en 1983, se condenó a José Cruz Eizaguirre Mariscal a 30 años, también como autor material.
Francisco Martín González tenía 32 años, era natural de Ávila y estaba casadocon Cristina Domínguez. Había sido destinado a San Sebastián un mes antes de su asesinato, por lo que su residencia seguía estando en Madrid, donde vivía su mujer y donde fue enterrado. Cristina contó que tras el asesinato se sintió muy sola, y sólo contó con la ayuda de los compañeros de su marido para hacer las gestiones que le permitiesen cobrar una pensión. “Del Gobierno nunca tuve una palabra, hubo algún político el día del funeral, pero después nada, ni una llamada” (La Fuerza de la Razón, nº 27 revista de la AVT).

13 de abril de 2012

ANTONIO GARCÍA CABALLERO (Tolosa, Guipúzcoa, España)

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A las diez de la noche del miércoles 21 de junio de 1978, la banda terrorista ETA asesinaba a tiros en Tolosa (Guipúzcoa) al policía municipal ANTONIO GARCÍA CABALLERO cuando se dirigía a su domicilio, situado en el barrio de Bidebieta de esta localidad guipuzcoana. El atentado fue perpetrado por miembros del grupo Gamboa de ETA, el mismo que en el mes de marzo había asesinado al sargento retirado José María Acedo Panizo, supuestamente en venganza por la muerte de Txabi Etxebarrieta, primer muerto de la banda terrorista y autor del asesinato del guardia civil José Pardines Arcay.
La víctima, desarmada y vestida de civil, se dirigía a su domicilio. Tres etarras le estaban esperando y, cuando lo vieron aparecer, lo acribillaron a balazos. Dispararon contra él más de catorce tiros, nueve de los cuales le alcanzaron causándole la muerte en el acto. A continuación, los terroristas se dieron a la fuga en un coche Seat 850 robado la tarde anterior por dos personas en Orio, dejando a su propietario, Joaquín María Aizpurúa, amordazado y maniatado en Usurbil. El vehículo fue localizado horas después en Andoain. En el lugar del ametrallamiento se recogieron catorce casquillos de 9 milímetros parabellum, y varios más en el vehículo utilizado por los terroristas.

Antonio había sido amenazado de muerte varias veces. Unos días antes del asesinato, el 17 de junio, varios jóvenes habían intentado quemar su coche, rociándolo con gasolina, pero los gritos de algunas personas que se percataron del hecho hicieron que se dieran a la fuga, aunque el coche quedó bastante dañado. Un compañero de trabajo manifestó, que “Antonio nunca se había metido en asuntos políticos, y ni siquiera hablaba de ellos”. Asimismo, señaló que el guardia municipal asesinado iba desarmado, ya que la Policía Municipal de Tolosa no utilizaba armas de fuego.
A las nueve de la mañana del día siguiente, jueves 22 de junio, se reunió con carácter de urgencia el pleno de la gestora municipal de Tolosa que, tras un largo debate, hizo llegar a la prensa su condena por el asesinato del agente municipal. El sindicato Comisiones Obreras, central a la que estaba afiliado Antonio desde noviembre de 1977, hizo público otro comunicado en el que condenaba el atentado y llamaba a los trabajadores a “pronunciarse manifestando su repulsa por el asesinato, ya que sólo la acción decidida de los trabajadores podrá poner fin a este tipo de actos”.
Asimismo, la Policía Municipal de Tolosa, reunida en asamblea esa misma tarde, decidió hacer un llamamiento a todos los policías municipales de España para que secundasen una huelga al día siguiente, viernes 23 de junio, en señal de repulsa por el asesinato. El comunicado de la Policía Municipal añadía que Antonio García no estaba vinculado a ninguna ideología, ni de extrema derecha ni de extrema izquierda. El 23 de junio se registraron paros de los policías municipales en todo el País Vasco. Uno de los mayores paros tuvo lugar en San Sebastián. La población donostiarra se vio desasistida de los habituales servicios que prestaba en la ciudad este cuerpo, al permanecer los ciento cuarenta miembros con que contaba la plantilla encerrados en sus dependencias, con un retén para cubrir los imprevistos urgentes. Mientras que en distintos puntos de San Sebastián fuerzas de la Policía Armada cubrían los servicios normalmente prestados por la Policía Municipal, en la capital vizcaína la Policía del Ayuntamiento de Bilbao realizó un paro simbólico de media hora y el resto del día sus miembros realizaron su trabajo con brazaletes negros en solidaridad con sus compañeros de Guipúzcoa. También la Policía Municipal de Madrid acordó realizar el día 30 de junio paros en cada uno de los turnos como protesta por el asesinato de Antonio García.
Dos días después del asesinato, a las diez de la mañana del viernes 23 de junio, se celebró en la Iglesia de Santa María de Tolosa el funeral de cuerpo presente por el alma de Antonio García Caballero. El funeral fue organizado por la gestora municipal de Tolosa y más de trescientas personas entre familiares, compañeros de profesión y del sindicato Comisiones Obreras, asistieron al oficio.
Ese mismo día, la banda terrorista difundía un comunicado para reivindicar el atentado contra el agente, al que acusó de ser “confidente de las fuerzas represivas”.
En 1983 la Audiencia Nacional condenó a José Ignacio Goicoechea Arandia, José Luis Elustondo Oyarzábal y Joaquín Zubillaga Artola, todos miembros del grupo Gamboa de ETA, a sendas penas de 24 años de reclusión mayor por el asesinato del policía municipal.
Antonio García Caballero tenía 26 años, estaba casado y era padre de dos hijos. Natural de Rueca (Badajoz), donde residía su familia, Antonio llevaba diez años ejerciendo su profesión en Tolosa. El agente vivía en una casa de huéspedes de Tolosa, donde trabajaba como conductor de la grúa municipal.
Barrio de Bidebieta, Tolosa, Guipúzcoa
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